Los hipócritas

Los activistas de la organización PETA defienden en voz alta y con agresividad los derechos de los animales. Cómo puede ser que luego pacten en secreto con un grupo empresarial de la industria cárnica.

Por Anne Kunze y Stefan Willeke

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Si preguntas a la actriz Jana Wagenhuber por qué se desnuda en el centro de Hamburgo un día de pleno invierno; se pone sus guantes hechos a mano; se embadurna la parte superior del cuerpo con kétchup y se tumba semidesnuda encima de la piel de un coyote, y por qué deja que los transeúntes la miren para luego hacer bromas sobre ella en Facebook llamándola belleza de silicona; por qué tiembla de frío durante media hora, y por qué pensó durante mucho tiempo si sus pechos desnudos serían la mejor provocación, obtienes un montón de respuestas. “Porque todo tiene que ser perfecto”. “Porque lo hago por PETA” – PETA, una organización sin ánimo de lucro de activistas por los derechos de los animales. “Porque los animales viven sin ninguna maldad”. “Porque los animales son indefensos”. “Porque es un honor para mí que PETA se dirigiera a mí, un honor”. “Porque PETA siempre me apoya y no me siento sola”. “Porque realmente adoro a PETA”.

Todo esto jugaba un papel clave cuando Jana Wagenhuber decidió, en enero del año pasado, acostarse en el asfalto helado y protestar contra el uso de pieles de animales. Podríamos decir que Jana Wagenhuber es una actriz muy especial. Intentó ser cantante de pop, fue camarera en locales nocturnos en St. Pauli y enseñó a jóvenes a bailar en barra. Pero esa definición no le haría justicia. Es vegana, no usa pieles. Ama a los animales. Su madre pidió consejo al pediatra cuando dejó de comer carne, con tan solo diez años. Su padre la echó de casa cuando, con 18 llegó con un pastor alemán mestizo que quería adoptar. Vivió junto a perros grandes en casa húmedas y abandonadas al norte de Alemania e inauguró un refugio para perros en Mallorca. Se mudó muchas veces, teniendo que buscarse la vida por el camino. Cuando un activista de PETA le preguntó si se desnudaría públicamente, para ella solo había una respuesta válida: PETA, dice, “son los mejores para mí”.

PETA significa “Personas en Defensa del Trato Ético a los Animales”. Personas que defienden el trato ético a los animales. Con millones de seguidores, PETA es la organización por los derechos de los animales más grande del mundo. Fue fundada en Estados Unidos en 1980 y, allí, sigue siendo la más poderosa. En Alemania tiene su segunda base más importante, con casi 120 empleados, muchos de ellos mujeres jóvenes. Además, cuentan con el apoyo de 30.000 activistas voluntarios en los países de habla germana, incluyendo a celebridades como el actor Sky du Mont y el músico Udo Lindenberg. Los temas de sus campañas cambian constantemente, desde animales en zoológicos hasta pescadores, pasando por cazadores de zorros.

Según los resultados de una encuesta de la revista PR Report, PETA es la organización no gubernamental con mayor alcance en Alemania… gracias a las redes sociales. El movimiento Fridays for Future solo alcanzó el segundo puesto en este ranking; PETA está en lo más alto de la atención pública. Esto es así, también, porque todo lo que hace PETA es extremo. Extremadamente estridente. Extremadamente público. Extremadamente desinhibido. La primera vez que PETA atrajo la atención del público en Alemania fue en 2004, cuando lanzaron una campaña de fotos de prisioneros en campos de concentración junto a otras de gallinas desplumadas en una granja avícola. La denominaron “El Holocausto en su plato”. En lugar de disculparse por esta comparación desvergonzada, PETA entró en una disputa legal contra el Consejo Central de los Judíos en Alemania. Los seguidores de PETA irrumpieron en establos de animales para grabar el sufrimiento de pollos y cerdos. Y la americana Ingrid Newkirk, de 71 años, cabeza y fundadora de la organización, estipuló en su testamento que su cuerpo fuera legado a PETA. Su carne debía ser asada, su piel convertida en cuero y sus piernas debían ser usadas como mangos de paraguas… igual que ocurre con los animales.

“No somos demócratas de base”, declara Harald Ullmann, uno de los tres miembros de la junta directiva de PETA en Stuttgart. Cualquiera que le conoce se queda con la sensación de que él es el jefe. Pero no es así. Aunque gestiona la sucursal, solo es el vicepresidente. El primer lugar lo ocupa, también en Alemania, la americana Newkirk, que rara vez pasa por Stuttgart. Sin embargo, ella es la que reina sobre todo y todos. Una asamblea general se puede organizar muy fácilmente en PETA: solo hay siete miembros en la junta. Con esta jerarquía, nada es más fácil que imponer la voluntad de la junta. Rara vez surge alguna discrepancia. Si hablas con los directivos de la sede de Sttutgart, a menudo escuchas términos de lucha como “mafia”. U “organización criminal”. O “asesinos de masas”. Normalmente, para dirigirse a grupos empresariales de la industria cárnica.

Por eso, hay algo que parecer no casar en absoluto con PETA: un compromiso basado en un acuerdo con esta misma industria. Pero, ¿cómo es posible que los beligerantes activistas por los derechos de los animales hayan llegado a una especie de acuerdo de paralización con una importante corporación de la industria cárnica? PETA se dedica a divulgar imágenes de animales que están sufriendo y siendo maltratados en establos y laboratorios: monos torturados, pollos maltratados, ovejas trituradas. ¿Y esta misma organización cierra un trato con una industria que mata millones de animales cada año?

Hay una persona que ha moldeado la organización en Alemania como ninguna otra: Edmund Haferbeck, de 64 años. Está por debajo de la junta en la jerarquía, pero eso no debería esconder que, en realidad, maneja muchas cuerdas. Se denomina a sí mismo “responsable del Departamento Científico y Jurídico”, pero eso es un gran eufemismo. Haferbeck es la cabeza estratégica detrás de muchas acciones, algo así como el jefe de agitación y propaganda. Uno de sus oponentes, un consultor de Relaciones Públicas, lo llamó una vez el “Ayatolá de PETA”. Y no estaba desencaminado, porque un ayatolá acumula una gran cantidad de conocimientos. Un ayatolá depende de la adoración de sus creyentes… y de sus donaciones. Y tiene permitido emitir “fatwas”, opiniones legales. Haferbeck se llama a sí mismo “cazador”.

Edmund Haferbeck ha adquirido experiencia como transgresor de fronteras. Cuando aún estudiaba Ciencias Agrarias en Göttingen, en los años 70, estaba en el lado opuesto. En su tiempo libre, criaba chinchillas, mullidos roedores que mantenía en recintos en su casa de Detmold, al este de Alemania, y los vendía a distribuidores que los mataban para aprovechar su codiciada piel. Con esto, ganaba dinero. Se crió en un hogar conservador, se unió a las juventudes rurales, votó por la CDU y se emborrachó muchas noches junto a granjeros. Bailó con sus mujeres y sus hijas. Se convirtió en redactor jefe de la revista especializada Chinchilla Post, mostró sus éxitos de cría en exhibiciones, quiso ser juez. “Soy del lado opuesto, tanto física como mentalmente”, declaró en una de las tres largas entrevistas que ofreció al ZEIT en Stuttgart.

Su cambio de bando ocurrió poco a poco, con pequeños pasos, en los años 80. De repente se interesó por los conservacionistas que repartían panfletos por las calles, se enamoró de mujeres jóvenes que eran activas en la escena. Si fue primero el amor por la naturaleza o el amor por estas mujeres no está claro en este caso. De cualquier modo, la pasión tuvo un papel en la historia. Haferbeck se involucró con los ecologistas de Robin Wood, se volvió vegetariano y luego vegano. La industria del cuero pagó los gastos de viaje de Haferbeck mientras preparaba su tesis doctoral sobre la cría de visones, turones y zorros, pero él se alejaba cada vez más de este mundillo.

Al final, Haferbeck acabó vendiendo sus chinchillas. Se sentía “atrapado en un camino completamente equivocado”, según declara ahora. Siguió bailando con las mujeres de los granjeros en las fiestas, pero con la intención de descubrir secretos comerciales a través de ellas. Ayudó a liberal a docenas de animales de laboratorio, perros y gatos, de un instituto de investigación y fue visto por agentes de la policía. Tenía amigos que pensaban en volar por los aires estos laboratorios. Pero eso, dice Haferbeck, para él era ir demasiado lejos. Escribió libros tan pesados como ladrillos, salvajes reflexiones contra el poder judicial, que permitía los experimentos con animales. En la portada de un libro denominó a las autoridades alemanas una “organización criminal”… pero con signos de interrogación. En Schwerin, se convirtió en director del departamento de Medioambiente del Partido Verde y se metió en una lucha contra una industria que aún denomina “mafia del desperdicio”.

Se granjeó un nombre a sí mismo como especialista en peleas duras. Una vez, se vio envuelto en una trifulca cuando abrió la puerta de un coche en el que se encontraba un directivo de la industria del desperdicio. Haferbeck cogió carpetas con archivos del asiento del copiloto y salió corriendo con ellas. En otra ocasión, un boxeador, al que probablemente habían contratado, lo visitó en su casa y el dio un puñetazo en la cara.

La novia que Haferbeck tenía en esos tiempos es hoy su esposa. Lo vio sufrir un ictus cerebral tras haber trabajado 80 horas semanales, sin apenas dormir y muy enfadado con la mafia. “Lo que le motiva es también su rabia. En seguida sale corriendo cuando algo le molesta.”, declara ella. Cuando Haferbeck se unió a PETA en 2004, libró batallas legales contra todo lo que se pusiera en el camino de la organización.

En esa época, solo eran cinco personas, una suerte de club exótico. ¿Veganos? Ni siquiera la palabra les era familiar a la mayoría de los alemanes. Algunos creían que PETA era algo oscuro, como la Cienciología. Pero la organización creció y creció. Y mientras crecía, la sede de Stuttgart ha cambiado de dirección tres veces para poder acoger a cada vez más empleados. Edmund Haferbeck creó una cuadrilla de investigación que irrumpía en establos de ganado, presentaba denuncias legales para parar los pies a los cazadores, criadores y grandes carniceros. Prácticamente cada fiscalía de Alemania ha tenido que lidiar con Edmund Haferbeck y sus meticulosas explicaciones legales.

Haferbeck observa los casos judiciales derivados de sus anuncios, le gusta referirse a los abogados opositores como “abogados de la mafia”. A un abogado que haya representado a varias empresas de la industria cárnica lo llama “gilipollas sin principios”. Y añade: “me puedes citar”. Si alguien lo llama mientras está de vacaciones, no se molesta. Y responde: “ven, ahora tengo tiempo de sobra”. Si alguien le envía un e-mail un domingo a las 10 de la noche, puede que reciba su respuesta dos minutos después.

Una vez, durante un viaje en tren, se encerró en el baño para hacer una discreta llamada telefónica a una cadena de televisión. El abogado de Hamburgo Walter Scheuerl, que ha comparecido reiteradas veces ante los tribunales en nombre de la industria cárnica, dice sobre PETA: “en términos de profesionalidad, siempre están en primera división. Tienen una caja chica inagotable para superar los conflictos legales”. Considera a PETA “un gran jugador en el mercado de las donaciones”. La asociación recibe alrededor de 11 millones de euros al año en calidad de donaciones, mucho de ese dinero derivado de herencias. “Estamos llenos”, según declara el propio Haferbeck.

Sorprendentemente, el político del FDP de Baja Sajonia, Gero Hocker, recibió una carta certificada de PETA en agosto de 2017, una declaración de cese y desistimiento. El miembro del Parlamento se sorprendió. Había hablado sobre política medioambiental en un evento y había criticado los métodos de PETA, como las invasiones de graneros. El político no firmó la declaración, asegurando: “no me van a amordazar. PETA tiene un modelo de negocio inteligente, basado en la intimidación”. Les contestó con una invitación a la junta directiva de Stuttgart a debatir los temas controvertidos en un podio. PETA rechazó la invitación.

Los activistas por los derechos de los animales rara vez participan en debates públicos. Prefieren ataques selectivos contra oponentes irracionales. El mayor adversario de PETA ha sido siempre la industria cárnica y, en 2009, el conflicto alcanzó un punto crítico. La compañía Wiesenhof, el mayor matadero de aves de corral de Alemania, se convirtió en su objetivo. En eventos, Edmund Haferbeck enseñó vídeos de los establos de Wiesenhof con imágenes impactantes de pavos medio muertos siendo brutalmente zarandeados.

Para PETA, solo había un objetivo: “derribar a Wiesenhof, muy claramente, derribarlo”. Así es como Haferbeck lo pinta hoy en día. De repente, había reportajes en televisión sobre las terribles condiciones de Wiesenhof, a menudo grabados por los seguidores de PETA. Se mostraban fotos de decenas de miles de pollos arremolinados, esperando a morir en enormes cobertizos. Pollos que habían ganado peso tan rápidamente que ya no podían moverse, muriendo de sed e inanición. Pollos que se pisoteaban entre sí hasta la muerte. El objetivo, según la web de PETA, era “documentar la cruda realidad de la violencia que sufrían los pollos en la ganadería industrial masiva de Wiesenhof”. Para Haferbeck, las acciones contra Wiesenhof era una “campaña de señalización”, sus oponentes seguramente lo llamarían “cacería”. Pero, de repente, ocurrió algo extraño.

En la primavera de 2012, Haferbeck recibió una llamada telefónica de una persona cuyo nombre le era desconocido. “Si te dijera quién soy, colgarías inmediatamente”, le dijo. Haferbeck no colgó, sino que escuchó lo que tenía que decir el jefe de compras de Wiesenhof y lo que quería de él. Buscó el contacto de los representantes de PETA en nombre de los jefes de la empresa. Más tarde, Haferbeck se enteró de que PETA los había perjudicado gravemente. Se dice que perdieron 100 millones de euros porque algunos minoristas y cadenas de alimentación no querían vender sus productos. Según Wiesenhof, la pérdida fue considerablemente menor que 100 millones de euros. Está claro que las campañas de PETA costaron a la compañía mucho dinero y su reputación. ¿Puede ser que el jefe de compras tratara de comprar a Haferbeck?

Por decirlo de forma educada, el hombre al teléfono sugirió un encuentro personal, y Haferbeck estuvo de acuerdo. ¿Qué tal una localización neutral, la sala VIP de la estación central de trenes de Frankfurt? Lo que los dos acordaron allí en agosto de 2012 solo puede tratar de adivinarse. La reunión fue clasificada por Haferbeck como “confidencial” y “conspiradora”, solo el vicepresidente de PETA, Harald Ullmann, fue informado sobre ello. Según el punto de vista del director de Wiesenhof, debe haber sido un gran éxito. Porque algunas semanas después, Ullmann y su delantero Haferbeck viajaron a la empresa Wiesenhof, en Baja Sajonia, para presentarse a los propietarios en cuestión, que se han hecho muy ricos gracias a los pollos, patos y pavos. Los visitantes de Stuttgart hablaron con el jefe senior Paul-Heinz Wesjohann y el junior Peter Wesjohann, que había asumido la dirección de su padre. “Fue una conversación constructiva”, dice hoy el Wesjohann más joven.

Los cuatro organizaron inmediatamente una vista de vuelta a PETA, cerca de Stuttgart. Haferbeck estaba entusiasmado con sus nuevos amigos. Ahora los veía como personas simpáticas. En la actualidad, los describe como “honestos”, como hombres de negocios respetables, “casi académicos, pero sin ostentación”, “modestos, con los pies en la tierra” y no tan astutos como muchos de los grandes agricultores que ha conocido en su vida. “No quieren tomarte el pelo”, asegura Haferbeck. Describe el enfoque hacia Wiesenhof de la siguiente manera: “ahora tenemos un cierto nivel”.

De repente, Haferbeck se sintió inusualmente poderoso. A menudo, había alimentado a la prensa con fotos y, así, generado atención, había presentado denuncias penales y obligado a estar atentos a los fiscales. Pero, aun así, normalmente se sentía impotente, porque PETA puede provocar a la gente, pero no tiene poder político. Y, de repente, ¿los jefes de una empresa importante buscaban la proximidad de Haferbeck? Eso no había pasado hasta el momento. Quizás, así, él podía preparar el camino para su sueño: una sociedad vegana. La rabia que siempre le había invadido se convirtió en otra cosa: capacidad de negociación, inteligencia estratégica, dos cualidades que los directivos de la industria también necesitan. Haferbeck asegura: “al principio, los Wesjohanns nos veían como a los mayores criminales”. Pero eso cambió. “Antes de que se iniciaran las charlas, veía a PETA como agresiva”, dice hoy el director de la compañía de los Wesjohann. Pero cambió de opinión.

Cuando los jefes de Wiesenhof aterrizaron en el aeropuerto de Stuttgart en octubre de 2012, Edmund Haferbeck ya estaba esperándolos en una limusina BMW. Había tomado prestado el imponente coche especialmente para “crear una impresión digna”. Una abogada joven y guapa, que trabajaba entonces para PETA, fue colocada por Haferbeck en el asiento trasero para que, inmediatamente, la atmósfera de la conversación se volviera inmediatamente más relajada. “No tengas ideas estúpidas ahí detrás”, bromeó Haferbeck.

Condujeron hasta la sede de PETA, un edificio de oficinas modesto. Meses antes, los visitantes de la Baja Sajonia habían tenido que ver un impactante reportaje en televisión que denunciaba la crueldad en los establos que abastecían a Wiesenhof. PETA había obtenido algunas de esas imágenes. “Estaban desesperados. Ya no sabían qué más hacer.”, cuenta hoy Haferbeck. Los invitados explicaron que querían hacer cambios en la producción. Menos agricultura industrial, más bienestar animal, también tratarían de incluir una línea de productos veganos. Peter Wesjohann dice hoy que PETA fue “también una parte importante del impulso” para su desarrollo.

La malvada empresa Wiesenhof va a mejorar, ese fue el mensaje. Y fue tan convincente que incluso Edmund Haferbeck creyó que sus invitados no estaban lo suficientemente informados sobre las condiciones en las granjas avícolas. Si le preguntas sobre esto hoy, se retuerce. Señor Haferbeck, usted admite que los jefes de Wiesenhof no sabían lo que pasaba en los establos. ¿Los cree? “Quiero creerlos”. ¿El patrón de los pollos no sabe cómo viven los pollos? “Sí, no sabe al detalle cómo viven”.

La nueva docilidad podía tener que ver con el hecho de que la visita de los Wesjohann terminara de forma tan agradable. Los invitados fueron llevados a una pizzería, se sirvieron platos de pasta veganos. Además de Haferbeck y el jefe adjunto de PETA, también estuvo allí su esposa, Andrea Müller, que trabaja como asesora de la junta directiva de los activistas por los derechos de los animales. “Agradables conversadores”, dice el jefe adjunto sobre los Wesjohanns, “educados y respetuosos”. Haferbeck llevó a los visitantes de vuelta al aeropuerto en su limusina y en la mesa de la oficina de PETA en ese momento había algo sorprendente, un sobre. Contenía documentos de gran interés: las direcciones de 49 gallineros en los que se engordaban animales para la compañía Heidemark, uno de los más grandes competidores de Wiesenhof. PETA había buscado esta información durante largo tiempo en vano. Ahora era finalmente posible examinar sistemáticamente los establos de Heidemark.

Wiesenhof asegura que ni el director junior ni el senior “pasaron tal lista a PETA”. Ni siquiera saben dónde están localizados los establos de Heidemark. La ubicación de las granjas de las empresas cárnicas son un secreto muy bien guardado. Pasan desapercibidas en el paisaje, edificios planos de color gris, sin señales que revelen quiénes son los propietarios. A quién suministran estos criadores lo sabe muy poca gente. Por eso, el contenido del sobre fue una gran revelación: todos los establos con sus direcciones, los pilares del imperio Heidemark. Heidemark se había vuelto vulnerable. Lo que sucedió después fue equivalente a un triunfo para Haferbeck, el hombre fronterizo.

Uno a uno, los activistas visitaron los establos, especialmente en Baden-Württemberg. Tomaron fotos y vídeos. PETA, esta vez, trató de arrinconar a Heidemark e inventó el “escándalo Heidemark”. En vídeos distribuidos por la organización, Heidemark se presentaba como el nuevo villano, el “líder de la crueldad animal organizada”. Los vídeos mostraban animales del “imperio Heidemark” sufriendo. Se veía cómo golpeaban a los pavos, los empujaban y los tiraban a la parte trasera de los camiones. Se quedaban ahí durante horas antes de ser colgados en la línea de matanza, completamente conscientes. En el vídeo, la voz de una mujer hablaba de “tortura”.

Wiesenhof, el enemigo de ayer, había mutado secretamente en amigo, mientras que Heidemark estaba en la línea de fuego. Fue un punto de inflexión en la historia de los activistas por los derechos de los animales. El pacto con Wiesenhof, del que apenas nadie tenía idea, empezó a tener efecto. Una organización sin ánimo de lucro se convirtió en una tropa de comerciantes que habían llegado a un acuerdo con la industria. Edmund Haferbeck rechaza la palabra “pacto”, hace tiempo que busca otro término. ¿Un convenio de paralización con Wiesenhof? No. ¿Un acuerdo entre caballeros? No. ¿Un acuerdo? No. “Dos oponentes que llegaron a un acuerdo sobre algunas cosas con un apretón de manos”, así es como o ve él. Lo llama “diálogo”. En realidad, este diálogo consiste en una paz no contractual. Nada quedó por escrito; no hay ningún papel que pudiera vincular a PETA y a Wiesenhof. Pero, aparentemente, ambas partes están muy satisfechas con el trato. “No hicimos nada más en el caso Wiesenhof”, admite Haferbeck. Después, escribe en un correo sobre la “manera muy especial de lidiar los unos con los otros”.

El jefe del grupo, Peter Wesjohann, dice: “todo se calmó a nuestro alrededor”. Y añade, “las otras compañías se dieron cuenta de que estábamos hablando con PETA”. Se puede lanzar a los guerreros de esta organización contra los opositores, redirigir la ira. Wiesenhof no ha pagado dinero a los activistas por los derechos de los animales, pero ha ganado paz, imperturbabilidad, inocuidad, incluso buena voluntad. Y esto incluso cuando la línea de productos veganos tardó tres años en salir y hoy solo representa el 2% de las ventas en el sector de los embutidos.

Además, Haferbeck visita regularmente a los Wesjohanns y les envía tarjetas por Navidad. Siempre está informado de los asuntos internos de la compañía. Cuando el equipo de fútbol Werder Bremen, patrocinado por Wiesenhof, juega, Haferbeck a veces intercambia mensajes con un directivo de la compañía. Haferbeck se disculpó personalmente al director senior por un juego online con pollos cagando que las juventudes de PETA habían inventado para burlarse de los Wesjohanns. De vez en cuando, PETA y Wiesenhof continúan con sus escaramuzas legales, pero cuando uno conoce lo irreconciliable que la batalla llegó a ser, se da cuenta de la dimensión de este comercio moderno de la indulgencia.

Los trapicheos se han convertido en un modelo de negocio. PETA se encuentra ahora “en diálogo” con alrededor de 1200 compañías, desde Mercedes-Benz hasta Esprit o Hugo Boss. Aquellos que quieran llamar la atención sobre sus productos veganos pueden comprar un logo llamado “Vegano Aprobado por PETA”. El precio de la licencia dependerá del volumen de negocio. Para que una compañía pueda adornarse con la etiqueta de PETA, un único producto vegano es suficiente. En el fabricante textil Hugo Boss, el traje vegano no es más que un producto nicho. Además, la compañía se abstiene de procesar pieles reales, algo que apenas hizo alguna vez, según una portavoz de la empresa. Uno de los ejecutivos más cotizados de PETA es ahora su jefe de Marketing. A las compañías les gusta hablar de su buena relación con PETA.

Edmund Haferbeck dice orgulloso: “las empresas ahora se acercan a nosotros con ideas”. Los grupos industriales buscan la proximidad de PETA porque temen sus campañas. La campaña es la espada más afilada. Este es también el punto de vista de la treintañera Charlotte Fischer, que conoce todas las armas de PETA. En la asociación, es la responsable del departamento de Social Media, el campo decisivo de batalla. Durante un paseo por Berlín-Newkölln, que a menudo ella recorre con su perro, dice: “primero identificamos una industria. Luego, miramos si merece la pena poner a una empresa en el foco. Normalmente este es el caso si son empresas conocidas.”

Con compañías menos prominentes, dice, los ataques son más difíciles de planear. “Ahí es cuando primero hay que llamar la atención sobre dónde se encuentra el problema en primer lugar. Por ejemplo, la lana. La lana es la nueva piel para nuestros seguidores. Así que lo que hacemos es lanzar publicaciones sobre la angora durante una semana.”, dice Charlotte Fischer. Después, durante el paso, pasa largo rato hablando de los conejos de angora a los que han despellejado vivos. PETA grabó los llantos de dolor y los reprodujo en zonas peatonales. Sonaba horrible. El radicalismo en sonidos, palabras e imágenes se han mantenido, pero PETA ha cambiado a un enfoque más amable para ganarse a los empresarios.

“Primero escribimos cartas”, cuenta Fischer. ¿Cartas? “Sí, cartas, a menudo varias seguidas. En ellas, pedimos a las compañías que hagan algún cambio”. Y si esto no funciona, ¿lo siguiente es atacar? “Solo si la empresa no muestra ninguna voluntad de diálogo”. Solo con que una empresa mantenga la perspectiva pro diálogo, PETA ya la deja pasar. “Especialmente en la industria de la moda, los procesos a veces duran años. Tienes que tener mucha paciencia”. ¿Qué compañía está siendo más atacada por PETA en la actualidad? “TUI”, responde la activista. ¿La compañía de viajes? “Sí. TUI todavía ofrece excursiones a los acuarios de Seaworld, que mantienen orcas”.

Hay tres acuarios de Seaworld con 20 orcas, todos en Estados Unidos, y todos han anunciado que no van a volver a criar. ¿Ha perdido PETA de vista su objetivo? En Alemania, más de dos millones de animales son sacrificados cada día. Pero a PETA le importan 20 orcas en América. PETA también se preocupó mucho por el bienestar de un burro que estaba llevando al actor que hacía de Jesús en la representación de la Pasión de Oberammergau. ¿No se podía sustituir al animal por una e-scooter?

PETA no es, en absoluto, la única organización no gubernamental que coopera con la industria. El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) mantienen “colaboraciones” con compañías… y recibe, por ello, suculentos honorarios. La empresa de actividades al aire libre Vaude, por ejemplo, le paga a la hasta 250.000 euros al año por “comunicaciones para sensibilizar sobre cuestiones de sostenibilidad”. Greenpeace busca el diálogo con compañías y campañas en contra de aquellos que, desde el punto de vista de los ecologistas, hacen demasiado poco. Las empresas pueden comprar una licencia para el logo de Nabu a la Unión Alemana para la Conservación de la Naturaleza y la Biodiversidad. Esto les cuesta, al menos, 15.000 euros al año.

PETA es ampliamente criticada también dentro de su propio mundillo. Friedrich Mülln, fundador de la organización por los derechos de los animales Soko Tierschutz, califica los acuerdos como el de Wiesenhof como “un pacto con el diablo”. Dice: “tienes que tener cuidado de no perder tu propio aliento cuando abrazas estos pactos”. Sin embargo, la jefa de PETA, la estadounidense Ingrid Newkirk, está encantada con todos los acuerdos a los que ha llegado la sección alemana. Por teléfono, cuenta: “incluso Joaquin Phoenix ha llevado el traje vegano de Hugo Boss”.

Para él, “educar a los minoristas es importante para preparar el camino hacia un futuro vegano”. ¿Es el trato la nueva rebelión? Ha habido partidarios de PETA que luego le han dado la espalda por su cambio de rumbo, por ejemplo, el músico Bela B de la banda punk “Die Ärzte”. Algunos empleados también se quejaron, pero la revuelta interna nunca llegó a materializarse. Esto se debe principalmente a la estructura autoritaria de la organización. En los Estados Unidos, en la sede del máximo responsable de PETA, el trato con empresas ya estaba establecido desde hacía algún tiempo. Y lo que quiere la americana, también ocurre en Alemania. “Ciertamente, hay empleados aquí a los que no les gusta nuestro rumbo”, dice Edmund Haferbeck, “pero nuestra línea no cambia. Esa es la forma en que se hace. Podemos conseguir más con menos fundamentalismo. El fundamentalismo es un callejón sin salida.”

¿Es esto cierto? ¿Los que hacen tratos mejoran más las condiciones que los radicales que luchan incansablemente contra sus rivales? Si el cambio en su naturaleza es tan fundamental que las respuestas han de ser más radicales que nunca, entonces PETA se ha adelantado a menudo. PETA era radical mucho antes de que la idea de las acciones políticas radicales se extendiera. Los humanos están subyugando a la Tierra, y entre los que sufren las consecuencias están los animales, las criaturas más cercanas a nosotros. Los humanos están atacando a sus vecinos, a eso hemos llegado. Si salvas a los animales de los humanos, entonces quizás también salves a la Tierra, e incluso, al final, también a los propios humanos. ¿Está PETA vendiendo este ideal a todos con los que trata, o es al revés: se está acercando PETA a sus metas? Te acercas a la respuesta si te preguntas: ¿cómo les va a los pollos de Wiesenhof hoy en día?

Peter Wesjohann, el dueño de la compañía, habla con orgullo de que su empresa ha desarrollado seis autodenominados conceptos para el bienestar animal. Pero la realidad es que la gran mayoría de los pollos de engorde están casi tan mal como antes. El concepto que se aplica a la mayoría de los pollos se llama Initiative Tierwohl (Iniciativa de Bienestar Animal) y es apenas algo mejor que los requisitos legales que conceden a los pollos un espacio vital más pequeño que la superficie de una hoja de papel tamaño DIN A4. Friedrich Mülln, de Soko Tierschutz, denomina esta iniciativa “una gran maniobra de camuflaje”. Dice: “hay quizás dos o tres pollos menos corriendo en un metro cuadrado, pero el suelo sigue cubierto de animales”. Esto también lo prueban algunas fotos recientes de los establos de Wiesenhof que ha tomado Soko Tierschutz.

Si comparas estas fotos con las de hace 20 años, puedes ver que, en esencia, nada ha cambiado. Sigue habiendo grandes salas llenas de pollos. Los animales son criados para ganar cuarenta veces su peso en apenas unas semanas, tanto que su esqueleto casi no puede soportar su cuerpo. Muchos animales solo pueden estar tumbados, los más débiles mueren de hambre y sed. Sus pies están infectados. No tienen postes en los que poder sentarse por la noche, ni siquiera un fardo de paja que picotear. Hoy, Wiesenhof genera unos 230 millones de euros más en ventas que en 2012, el año del acuerdo de paz con PETA.

Mientras, la compañía mata alrededor de cuatro millones de animales… cada semana. “Wiesenhof ha secado por completo esta zona”, así lo dice Lutz Neubauer, un antiguo jefe médico de Lohne, en la Baja Sajonia. Vive cerca de una gigantesca fábrica de Wiesenhof y lleva décadas vinculado a la empresa. Wiesenhof tiene permitido matar hasta 430.000 animales al día aquí. Sin embargo, cuando le preguntas, la compañía declara que solo sacrifica 250.000.

Por cada animal que debe ser enjuagado y limpiado con una manguera, dice Neubauer, se necesitan ocho litros de agua, incluyendo la limpieza. Hace años, se dio cuenta de que muchos pozos privados de la zona se estaban secando. Empezó a comprobar el nivel de aguas subterráneas, comparándolo con los datos de las mediciones oficiales, y descubrió que estaba bajando lenta pero constantemente. Wiesenhof tiene permitido extraer 800.000 metros cúbicos de agua subterránea al año, una cantidad increíble, tanto como lo que consume anualmente una ciudad pequeña. En una entrevista con Die ZEIT, la compañía asegura que la cantidad autorizada “no se ha agotado”. El matadero no tiene influencia en el nivel de agua subterránea de los alrededores. Y así lo demuestran también los informes de los expertos.

A Neubauer, sin embargo, le llama la atención lo mucho que sufre la vegetación. Las raíces de los árboles más viejos ya no encuentran agua. Esto se ve al conducir con él alrededor de la zona del matadero. Muchos árboles se han quedado pequeños, ya no crecen. El páramo también se ha vuelto demasiado seco. Neubauer sale del coche y sube a duras penas una cuesta. Señala hacia un pequeño estanque, un biotopo que está casi desbordado. Hay que mirar muy bien para ver el insignificante remanente de una charca. Cuando la producción en Wiesenhof tuvo que ser gravemente reducida por un incidente, hace cinco años, la naturaleza se recuperó ligeramente. Los niveles de agua subterránea subieron y hasta volvieron las ranas. Una ciénaga, un estanque, ranas. ¿Trivialidades que pueden pasarse por alto?

Si eres de esa opinión, podrías echar un vistazo a Königs Wusterhausen, una ciudad cercana a Berlín. Wiesenhof también tiene ahí un matadero. La vecina de la zona Gudrun Eichler dice que puede que se haya acostumbrado al hedor. Sus amigos también han aceptado que ella solo los invita a tomar café en el jardín con reservas, “cuando no apesta en el momento”. Pero cuando se enteró, hace cinco años, de que Wiesenhof quería expandir su matadero, decidió que había tenido suficiente.

Junto a otras personas, fundó la iniciativa ciudadana “KW apesta”. Juntos, analizan las normas de construcción, los protocolos de sacrifico y se han convertido en expertos en derecho de aguas. “En 2017, yo mismo viví cómo el agua fétida fluyó desde el matadero hacia el bosque de Brandenburgo”, cuenta Benjamin Raschke, líder del grupo parlamentario del Partido Verde en Brandenburgo. Wiesenhof explica que las hojas caídas fueron las que provocaron el mal olor. La autoridad responsable no encontró evidencias de que el agua de la producción se hubiera vertido en el bosque.

También se supo que Wiesenhof sacrificó muchas más aves de corral que las permitidas en Königs Wusterhausen durante al menos dos años y medio. La empresa había ampliado sus instalaciones. Cuando Wiesenhof solicitó a las autoridades que aumentaran la capacidad para poder procesar 160.000 aves al día, la compañía ya estaba sacrificando tal cantidad. Y estaban permitidas 120.000 por día. Al preguntarles, en Wiesenhof explicaron que habían “cumplido con todos los requerimientos para la aprobación del aumento de volumen del matadero”. Los políticos del Partido Verde aseguran que “Wiesenhof se favorece a sí mismo a costa de la región. La compañía se permite hacer cosas que un constructor privado nunca podría hacer.”

La empresa se vio presionada después de que se produjeran incendios en dos mataderos de Wiesenhof, en la ciudad bávara de Bogen en 2015 y en Lohne, en la Baja Sajonia, en 2016. Tuvieron que mudarse a otros mataderos, incluyendo la planta de Königs Wusterhausen. “En el polígono industrial, un transportador de animales se alineaba tras otro. Algunos estaban abiertos y pude ver que muchos pollos estaban en muy mal estado. Algunos incluso estaban ya muertos. Y eso no lo soportamos.” Cuenta Gudrun Eichler, de la iniciativa ciudadana. Sobre la Bahnhofstraße colgaba una pancarta con la inscripción: «Wiesenhof hace trampas, el gobierno lo ve».

La disputa entre Wiesenhof y la iniciativa ciudadana se intensificó hasta que las autoridades obligaron a la empresa a sacrificar menos animales. Wiesenhof asegura que ni siquiera la mitad de los animales murieron durante el transporte. Además, los camiones no estaban alineados en el polígono industrial, sino aparcados en el recinto del matadero.

Lo que llama la atención es la enorme velocidad de la línea de matanza de Wiesenhof. Un antiguo empleado de la oficina veterinaria asegura que era imposible controlar la calidad de la carne. “Teníamos que inspeccionar tres pollos por segundo”. El requerimiento legal es de siete veces ese tiempo. El exempleado cuenta: “para ver a los pollos en la cinta transportadora, tienes que mover muy rápido los ojos de atrás hacia adelante. Es casi como la hipnosis. Por eso, muchos se dejan dormir”. Cuando se le pregunta a Edmund Haferbeck por las condiciones de Wiesenhof, responde: “mafia agraria, asesinato en masa, por supuesto, todavía”.

Pero PETA no recibe mucho de esto. Es suficiente para Haferbeck que “la compañía se esté moviendo” y que tengan una línea de productos veganos. Se podría seguir así largo tiempo, informando sobre pequeños y grandes escándalos, se podría volver a preguntar al responsable de Wiesenhof de nuevo, que afirma: “hemos evolucionado en la dirección del bienestar animal”. ¿Pero qué significa esto?

Si se dibuja un amplio arco, desde Haferbeck, el cazador mafioso que maltrataba pollos; desde el páramo amenazado de Baja Sajonia y el hedor de Brandenburgo, hasta los empleados hipnotizados de una oficina veterinaria; desde el radicalismo de campaña de PETA hasta el sacrificado radicalismo de la vida real, entonces hay una conclusión muy obvia: PETA, la alianza por una justicia superior y una ira punitiva, ha servido al enemigo y ha abierto para ello una libertad nunca imaginada. Wiesenhof nunca ha sido tan poderoso como lo es ahora, tan libre de obstáculos. Su creciente poder se corresponde con el poder táctico dosificado de los activistas por los derechos de los animales, que han aprendido a mirar para otro lado. Una vez, PETA quiso cambiar el sistema. Ahora, el sistema está cambiando a PETA. Y el sistema se queda tal y como está.

TRAS LA HISTORIA

Los autores inicialmente querían escribir un retrato genérico de la organización defensora de los derechos de los animales PETA. Pero, durante su investigación, se toparon con sorprendentes conexiones entre PETA y la industria cárnica. Hablaron sobre el tema con trabajadores de la organización, con el responsable de la empresa avícola Wiesenhof, con abogados, políticos y representantes de empresas, con asociaciones ecologistas y grupos de protección de los animales: alrededor de 50 personas en total.

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